Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de
un mar tranquilo.
Chapoteaba un pesquero a un kilómetro de la costa
cuando, de pronto, rasgó el aire la voz llamando a la Bandada de la Comida y una
multitud de mil gaviotas se aglomeró para regatear y luchar por cada pizca de
comida. Comenzaba otro día de ajetreos. Pero alejado y solitario, más allá de
barcas y playas, está practicando Juan Salvador Gaviota. A treinta metros de
altura, bajó sus pies palmeados, alzó su pico, y se esforzó por mantener en
sus alas esa dolorosa y difícil posición requerida para lograr un vuelo
pausado. Aminoró su velocidad hasta que el viento no fue mas que un susurro en su
cara, hasta que el océano pareció detenerse allá abajo. Entornó los ojos en
feroz concentración, contuvo el aliento, forzó aquella torsión un... sólo...
centímetro... más... Encrespáronse sus plumas, se atascó y cayó. Las
gaviotas, como es bien sabido, nunca se atascan, nunca se detienen. Detenerse
en medio del vuelo es para ellas vergüenza, y es deshonor.
Pero Juan Salvador Gaviota, sin avergonzarse, y al
extender otra vez sus alas en aquella temblorosa y ardua torsión -parando,
parando, y atascándose de nuevo-, no era un pájaro cualquiera.
La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender
sino las normas de vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y
comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para
esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar.
Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.
Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con
que uno se hace popular entre los demás pájaros. Hasta sus padres se
desilusionaron al ver a Juan pasarse días enteros, solo, haciendo cientos de
planeos a baja altura,
experimentando.
No comprendía por qué, por ejemplo, cuando volaba
sobre el agua a
alturas inferiores a la mitad de la envergadura de sus
alas, podía quedarse en
el aire más tiempo, con menos esfuerzo; y sus planeos
no terminaban con el
normal chapuzón al tocar sus patas en el mar, sino que
dejaba tras de sí una
estela plana y larga al rozar la superficie con sus
patas plegadas en
aerodinámico gesto contra su cuerpo. Pero fue al
empezar sus aterrizajes de
patas recogidas -que luego revisaba paso a paso sobre
la playa- que sus padres
se desanimaron aún más.
-¿Por qué, Juan, por qué? -preguntaba su madre-. ¿Por
qué te resulta tan
difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? ¿Por
qué no dejas los vuelos
rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no
comes? ¡Hijo, ya no eres
más que hueso y plumas!
-No me importa ser hueso y plumas, mamá. Sólo pretendo
saber qué puedo
hacer en el aire y qué no. Nada más. Sólo deseo
saberlo.
-Mira, Juan -dijo su padre, con cierta ternura-. El
invierno está cerca. Habrá
pocos barcos, y los peces de superficie se habrán ido
a las profundidades. Si
quieres estudiar, estudia sobre la comida y cómo
conseguirla. Esto de volar es
muy bonito, pero no puedes comerte un planeo, ¿sabes?
No olvides que la
razón de volar es comer. Juan asintió obedientemente.
Durante los días
sucesivos, intentó comportarse como las demás
gaviotas; lo intentó de verdad,
trinando y batiéndose con la Bandada cerca del muelle
y los pesqueros,
lanzándose sobre un pedazo de pan y algún pez. Pero no
le dió resultado.
Es todo inútil, pensó, y deliberadamente dejó caer una
anchoa duramente
disputada a una vieja y hambrienta gaviota que le
perseguía. Podría estar
empleando todo este tiempo en aprender a volar. ¡Hay
tanto que aprender!
No pasó mucho tiempo sin que Juan Salvador Gaviota
saliera solo de
nuevo hacia alta mar, hambriento, feliz, aprendiendo.
El tema fue la velocidad,
y en una semana de prácticas había aprendido más
acerca de la velocidad que
la más veloz de las gaviotas. A una altura de
trescientos metros, aleteando con
todas sus fuerzas, se metió en un abrupto y flameante
picado hacia las olas, y
aprendió por qué las gaviotas no hacen abruptos y
flameantes picados. En sólo
seis segundos voló a cien kilómetros por hora,
velocidad a la cual el ala
levantada empieza a ceder. Una vez tras otra le
sucedió lo mismo. A pesar de
todo su cuidado, trabajando al máximo de su habilidad,
perdía el control a alta
velocidad.
Subía a trescientos metros. Primero con todas sus
fuerzas hacia arriba,
luego inclinándose, hasta lograr un picado vertical.
Entonces, cada vez que
trataba de mantener alzada al máximo su ala izquierda,
giraba violentamente
hacia ese lado, y al tratar de levantar su derecha
para equilibrarse, entraba,
como un rayo, en una descontrolada barrena. Tenía que
ser mucho más
cuidadoso al levantar esa ala. Diez veces lo intentó,
y las diez veces, al pasar a
más de cien kilómetros por hora, terminó en un montón
de plumas
descontroladas, estrellándose contra el agua. Empapado,
pensó al fin que la
clave debía ser mantener las alas quietas a alta
velocidad; aletear, se dijo,
hasta setenta por hora, y entonces dejar las alas
quietas.
Lo intentó otra vez a setecientos metros de altura,
descendiendo en vertical, el
pico hacia abajo y las alas completamente extendidas y
estables desde el
momento en que pasó los setenta kilómetros por hora.
Necesitó un esfuerzo
tremendo, pero lo consiguió. En diez segundos, volaba
como una centella
sobrepasando los ciento treinta kilómetros por hora.
¡Juan había conseguido
una marca mundial de velocidad para gaviotas!
Pero el triunfo duró poco. En el instante en que
empezó a salir del picado, en el
instante en que cambió el ángulo de sus alas, se
precipitó en el mismo terrible
e incontrolado desastre de antes y, a ciento treinta
kilómetros por hora, el
desenlace fue como un dinamitazo. Juan Gaviota se
desintegró y fue a
estrellarse contra un mar duro como un ladrillo.
A medida que se hundía, una voz hueca y extraña resonó
en su interior.
No hay forma de evitarlo. Soy gaviota. Soy limitado
por la naturaleza. Si
estuviese destinado a aprender tanto sobre volar,
tendría por cerebro cartas de
navegación. Si estuviese destinado a volar a alta
velocidad, tendría las alas
cortas de un halcón, y comería ratones en lugar de
peces. Mi padre tenía razón.
Tengo que olvidar estas tonterías. Tengo que volar a
casa, a la Bandada, y estar
contento de ser como soy: una pobre y limitada
gaviota.
La voz se fue desvaneciendo y Juan se sometió. Durante
la noche, el lugar para
una gaviota es la playa y, desde ese momento, se
prometió ser una gaviota
normal. Así todo el mundo se sentiría más feliz.
Cansado se elevó de las oscuras aguas y voló hacia
tierra, agradecido de lo que
había aprendido sobre cómo volar a baja altura con el
menor esfuerzo.
-Pero no -pensó-. Ya he terminado con esta manera de
ser, he terminado con
todo lo que he aprendido. Soy una gaviota como
cualquier otra gaviota, y volaré
como tal. Así es que ascendió dolorosamente a treinta
metros y aleteó con más
fuerza luchando por llegar a la orilla. Se encontró
mejor por su decisión de ser
como otro cualquiera de la Bandada. Ahora no habría
nada que le atara a la
fuerza que le impulsaba a aprender, no habría más
desafíos ni más fracasos. Y
le resultó grato dejar ya de pensar, y volar, en la
oscuridad, hacia las luces de
la playa. ¡La oscuridad!, exclamó, alarmada, la hueca
voz. ¡Las gaviotas nunca
vuelan en la oscuridad! Juan no estaba alerta para
escuchar. Es grato, pensó.
La Luna y las luces centelleando en el agua, trazando
luminosos senderos en la
oscuridad, y todo tan pacífico y sereno...
¡Desciende! ¡Las gaviotas nunca vuelan en la
oscuridad! ¡Si hubieras nacido
para volar en la oscuridad, tendrías los ojos de búho!
¡Tendrías por cerebro
cartas de navegación! ¡Tendrías las alas cortas de un
halcón!
Allí, en la noche, a treinta metros de altura, Juan
Salvador Gaviota parpadeó.
Sus dolores, sus resoluciones, se esfumaron. ¡Alas
cortas! ¡Las alas cortas de
un halcón! ¡Esta es la solución! ¡Qué necio he sido!
¡No necesito más que un
ala muy pequeñita, no necesito más que doblar la parte
mayor de mis alas y
volar sólo con los extremos! ¡Alas cortas!
Subió a setecientos metros sobre el negro mar, y sin
pensar por un
momento en el fracaso o en la muerte, pegó fuertemente
las ante-alas a su
cuerpo, dejó solamente los afilados extremos asomados
como dagas al viento, y
cayó en picado vertical. El viento le azotó la cabeza
con un bramido
monstruoso. Cien kilómetros por hora, ciento treinta,
ciento ochenta y aún
más rápido. La tensión de las alas a doscientos
kilómetros por hora no era
ahora tan grande como antes a cien, y con un mínimo
movimiento de los
extremos de las alas aflojó gradualmente el picado y
salió disparado sobre las
olas, como una gris bala de cañón bajo la Luna.
Entornó sus ojos contra el
viento hasta transformarlos en dos pequeñas rayas, y
se regocijó. ¡A doscientos
kilómetros por hora! ¡Y bajo control! ¿Si pico desde
mil metros en lugar de
quinientos, a cuánto llegaré...? Olvidó sus
resoluciones de hace un momento,
arrebatadas por ese gran viento. Sin embargo, no se
sentía culpable al romper
las promesas que había hecho consigo mismo. Tales
promesas existen
solamente para las gaviotas que aceptan lo corriente.
Uno que ha palpado la
perfección en su aprendizaje no necesita esa clase de
promesas.
Al amanecer, Juan Gaviota estaba practicando de nuevo.
Desde dos mil
metros los pesqueros eran puntos sobre el agua plana y
azul, la Bandada de la
Comida una débil nube de insignificantes motitas en
circulación. Estaba vivo, y
temblaba ligeramente de gozo, orgulloso de que su
miedo estuviera bajo
control. Entonces, sin ceremonias, encogió sus
ante-alas, extendió los cortos y
angulosos extremos, y se precipitó directamente hacia
el mar. Al pasar los dos
mil metros, logró la velocidad máxima, el viento era
una sólida y palpitante
pared sonora contra la cual no podía avanzar con más
rapidez. Ahora volaba
recto hacia abajo a trescientos viente kilómetros por
hora. Tragó saliva,
comprendiendo que se haría trizas si sus alas llegaban
a desdoblarse a esa
velocidad, y se despedazaría en un millón de
partículas de gaviota. Pero la
velocidad era poder, y la velocidad era gozo, y la
velocidad era pura belleza.
Empezó su salida del picado a trescientos metros, los
extremos de las alas
batidos y borrosos en ese gigantesco viento, y
justamente en su camino, el
barco y la multitud de gaviotas se desenfocaban y
crecían con la rapidez de
una cometa. No pudo parar; no sabía aún ni cómo girar
a esa velocidad. Una
colisión sería la muerte instantánea. Así es que cerró
los ojos.
Sucedió entonces que esa mañana, justo después del
amanecer, Juan
Salvador Gaviota se disparó directamente en medio de
la Bandada de la
Comida marcando trescientos dieciocho kilómetros por
hora, los ojos cerrados
y en medio de un rugido de viento y plumas. La Gaviota
de la Providencia le
sonrió por esta vez, y nadie resultó muerto. Cuando al
fin apuntó su pico hacia
el cielo azul, aun zumbaba a doscientos cuarenta
kilómetros por hora. Al
reducir a treinta y extender sus alas otra vez, el
pesquero era una miga en el
mar, mil metros más abajo.
Capitulo III
Sólo pensó en el triunfo, ¡La velocidad máxima! ¡Una
gaviota a
trescientos veinte kilómetros por hora! Era un
descubrimiento, el momento
más grande y singular en la historia de la Bandada, y
en ese momento una
nueva época se abrió para Juan Salvador Gaviota. Voló
hasta su solitaria área
de prácticas, y doblando sus alas para un picado desde
tres mil metros, se
puso a trabajar en seguida para descubrir la forma de
girar.
Se dio cuenta de que al mover una sola pluma del
extremo de su ala una
fracción de centímetro, causaba una curva suave y
extensa a tremenda
velocidad. Antes de haberlo aprendido, sin embargo,
vio que cuando movía más
de una pluma a esa velocidad, giraba como una bala de
rifle... y así fue Juan la
primera gaviota de este mundo en realizar acrobacias
aéreas. No perdió tiempo
ese día en charlar con las otras gaviotas, sino que
siguió volando hasta
después de la puesta del Sol. Descubrió el rizo, el
balance lento, el balance en
punta, la barrena invertida, el medio rizo invertido.
Cuando Juan volvió a la Bandada ya en la playa, era
totalmente de
noche. Estaba mareado y rendido. No obstante, y no sin
satisfacción, hizo un
rizo para aterrizar y un tonel rápido justo antes de
tocar tierra. Cuando sepan,
pensó, lo del Descubrimiento, se pondrán locos de
alegría. ¡Cuánto mayor
sentido tiene ahora la vida! ¡En lugar de nuestro
lento y pesado ir y venir a los
pesqueros, hay una razón para vivir! Podremos alzarnos
sobre nuestra
ignorancia, podremos descubrirnos como criaturas de
perfección, inteligencia y
habilidad. ¡Podremos ser libres! ¡Podremos aprender a
volar! Los años
venideros susurraban y resplandecían de promesas.
Las gaviotas se hallaban reunidas en Sesión de Consejo
cuando Juan
tomó tierra, y parecía que habían estado así reunidas
durante algún tiempo.
Estaban, efectivamente, esperando. -¡Juan Salvador
Gaviota! ¡Ponte al Centro!
-Las palabras de la Gaviota Mayor sonaron con la voz
solemne propia de las
altas ceremonias. Ponerse en el Centro sólo
significaba gran vergüenza o gran
honor. Situarse en el Centro por Honor, era la forma
en que se señalaba a los
jefes más destacados entre las gaviotas. ¡Por
supuesto, pensó, la Bandada de la
Comida... esta mañana: vieron el Descubrimiento! Pero
yo no quiero honores.
No tengo ningún deseo de ser líder. Sólo quiero
compartir lo que he
encontrado, y mostrar esos nuevos horizontes que nos
están esperando. Y dio
un paso al frente. -Juan Salvador Gaviota -dijo el
Mayor-. ¡Ponte al Centro para
tu Vergüenza ante la mirada de tus semejantes! Sintió
como si le hubieran
golpeado con un madero. Sus rodillas empezaron a
temblar, sus plumas se
combaron, y le zumbaron los oídos. ¿Al Centro para
deshonrarme? ¡Imposible!
por su irresponsabilidad temeraria -entonó la voz
solemne-, al violar la
dignidad y la tradición de la Familia de las
Gaviotas... Ser centrado por
deshonor significaba que le expulsarían de la sociedad
de las gaviotas,
desterrado a una vida solitaria en los Lejanos
Acantilados. -... algún día, Juan
Salvador Gaviota, aprenderás que la irresponsabilidad
se paga. La vida es lo
desconocido y lo irreconocible, salvo que hemos nacido
para comer y vivir el
mayor tiempo posible.
Una gaviota nunca responde al Consejo de la Bandada,
pero la voz de
Juan se hizo oír:
-¿Irresponsabilidad? ¡Hermanos míos! -gritó-. ¿Quién
es más responsable que
una gaviota que ha encontrado y que persigue un
significado, un fin más alto
para la vida? ¡Durante mil años hemos escarbado tras
las cabezas de los peces,
pero ahora tenemos una razón para vivir; para
aprender, para descubrir; para
ser libres! Dadme una oportunidad, dejadme que os
muestre lo que he
encontrado...
La Bandada parecía de piedra. -Se ha roto la Hermandad
-entonaron juntas las
gaviotas, y todas de acuerdo cerraron solemnemente sus
oídos y le dieron la
espalda.
Capitulo IV
Juan Salvador Gaviota pasó el resto de sus días solo,
pero voló mucho
más allá de los Lejanos Acantilados. Su único pesar no
era su soledad, sino
que las otras gaviotas se negasen a creer en la gloria
que les esperaba al volar;
que se negasen a abrir sus ojos y a ver. Aprendía más
cada día.
Aprendió que un picado aerodinámico a alta velocidad
podía ayudarle a
encontrar aquel pez raro y sabroso que habitaba a tres
metros bajo la
superficie del océano: ya no le hicieron falta
pesqueros ni pan duro para
sobrevivir. Aprendió a dormir en el aire fijando una
ruta durante la noche a
través del viento de la costa, atravesando ciento
cincuenta kilómetros de sol a
sol. Con el mismo control interior, voló a traves de
espesas nieblas marinas y
subió sobre ellas hasta cielos claros y
deslumbradores... mientras las otras
gaviotas yacían en tierra, sin ver más que niebla y
lluvia. Aprendió a cabalgar
los altos vientos tierra adentro, para regalarse allí
con los más sabrosos
insectos.
Lo que antes había esperado conseguir para toda la
Bandada, lo obtuvo
ahora para si mismo; aprendió a volar y no se
arrepintió del precio que había
pagado. Juan Gaviota descubrió que el aburrimiento y
el miedo y la ira, son las
razones por las que la vida de una gaviota es tan
corta, y al desaparecer
aquellas de su pensamiento, tuvo por cierto una vida
larga y buena.
Vinieron entonces al anochecer, y encontraron a Juan
planeando,
pacífico y solitario en su querido cielo. Las dos
gaviotas que aparecieron junto
a sus alas eran puras como luz de estrellas, y su
resplandor era suave y
amistoso en el alto cielo nocturno. Pero lo más
hermoso de todo era la
habilidad con la que volaban; los extremos de sus alas
avanzando a un preciso
y constante centímetro de las suyas.
Sin decir palabra, Juan les puso a prueba, prueba que
ninguna gaviota
había superado jamás. Torció sus alas, y redujo su
velocidad a un sólo
kilómetro por hora, casi parándose. Aquellas dos
radiantes aves redujeron
también la suya, en formación cerrada. Sabían lo que
era volar lento. Dobló
sus alas, giró y cayó en picado a doscientos
kilómetros por hora. Se dejaron
caer con él, precipitándose hacia abajo en formación
impecable. Por fin, Juan
voló con igual velocidad hacia arriba en un giro lento
y vertical. Giraron con él,
sonriendo. Recuperó el vuelo horizontal y se quedó
callado un tiempo antes de
decir:
-Muy bien. ¿Quiénes sois?
-Somos de tu Bandada, Juan. Somos tus hermanos. -Las
palabras fueron
firmes y serenas-. Hemos venido a llevarte más arriba,
a llevarte a casa. -¡Casa
no tengo! Bandada tampoco tengo. Soy un Exilado. Y
ahora volamos a la
vanguardia del Viento de la Gran Montana. Unos cientos
de metros más, y no
podré levantar más este viejo cuerpo. -Sí que puedes,
Juan. Porque has
aprendido. Una etapa ha terminado, y ha llegado la
hora de que empiece otra.
Tal como le había iluminado toda su vida, también
ahora el
entendimiento iluminó ese instante de la existencia de
Juan Gaviota. Tenían
razón. El era capaz de volar más alto, y ya era hora
de irse a casa.
Echó una larga y última mirada al cielo, a esa
magnífica tierra de plata donde
tanto había aprendido.
-Estoy listo -dijo al fin. Y Juan Salvador Gaviota se
elevó con las dos radiantes
gaviotas para desaparecer en un perfecto y oscuro
cielo.
II Parte
Capítulo V
De modo que esto es el cielo, pensó, y tuvo que
sonreírse. No era muy
respetuoso analizar el cielo justo en el momento en
que uno está a punto de
entrar en él.
Al venir de la Tierra por encima de las nubes y en
formación cerrada con las
dos resplandecientes gaviotas, vio que su propio
cuerpo se hacía tan
resplandeciente como el de ellas.
En verdad, allí estaba el mismo y joven Juan Gaviota,
el que siempre
había existido detrás de sus ojos dorados, pero la
forma exterior había
cambiado.
Su cuerpo sentía como gaviota, pero ya volaba mucho
mejor que con el
antiguo. ¡Vaya, pero si con la mitad del esfuerzo,
pensó, obtengo el doble de
velocidad, el doble de rendimiento que en mis mejores
días en la Tierra!
Brillaban sus plumas, ahora de un blanco
resplandeciente, y sus alas eran
lisas y perfectas como láminas de plata pulida.
Empezó, gozoso, a
familiarizarse con ellas, a imprimir potencia en estas
nuevas alas.
A trescientos cincuenta kilómetros por hora le pareció
que estaba logrando su
máxima velocidad en vuelo horizontal. A cuatrocientos
diez pensó que estaba
volando al tope de su capacidad, y se sintió
ligeramente desilusionado. Había
un límite a lo que podía hacer con su nuevo cuerpo, y
aunque iba mucho más
rápido que en su antigua marca de vuelo horizontal,
era sin embargo un límite que le costaría mucho esfuerzo mejorar. En el cielo,
pensó, no debería haber limitaciones. De pronto se separaron las nubes y sus
compañeros gritaron: - feliz aterrizaje, Juan -y desaparecieron sin dejar
rastro. Volaba encima de un mar, hacia un mellado litoral. Una que otra gaviota se
afanaba en los remolinos entre los acantilados. Lejos, hacia el Norte, en el
horizonte mismo, volaban unas cuantas mas. Nuevos horizontes, nuevos
pensamientos, nuevas preguntas. ¿Por qué tan pocas gaviotas? ¡El paraíso
debería estar lleno de gaviotas! ¿Y por qué estoy tan cansado de pronto? Era
de suponer que las gaviotas en el cielo no deberían cansarse, ni dormir.
¿Dónde había oído eso? El recuerdo de su vida en la
Tierra se le estaba
haciendo borroso. La Tierra había sido un lugar donde
había aprendido mucho, por supuesto, pero los detalles se le hacían ya nebulosos;
recordaba algo de la lucha por la comida, y de haber sido un Exilado. La
docena de gaviotas que estaba cerca de la playa vino a saludarle sin que ni
una dijera una palabra.
Sólo sintió que se le daba la bienvenida y que esta
era su casa. Había sido un
gran día para él, un día cuyo amanecer ya no
recordaba.
Giró para aterrizar en la playa, batiendo sus alas
hasta pararse un instante en el aire, y luego descendió ligeramente sobre la arena.
Las otras gaviotas
aterrizaron también, pero ninguna movió ni una pluma.
Volaron contra el
viento, extendidas sus brillantes alas, y luego, sin
que supiera él cómo,
cambiaron la curvatura de sus plumas hasta detenerse
en el mismo instante
en que sus pies tocaron tierra. Había sido una hermosa
muestra de control,
pero Juan estaba ahora demasiado cansado para
intentarlo. De pie, allí en la
playa, sin que aún se hubiera pronunciado ni una sola
palabra, se durmió.
Durante los próximos días vio Juan que había aquí
tanto que aprender
sobre el vuelo como en la vida que había dejado. Pero
con una diferencia. Aquí
había gaviotas que pensaban como él. Ya que para cada
una de ellas lo más
importante de sus vidas era alcanzar y palpar la
perfección de lo que más
amaban hacer: volar. Eran pájaros magníficos, todos
ellos, y pasaban hora tras
hora cada día ejercitándose en volar, ensayando
aeronáutica avanzada.
Durante largo tiempo Juan se olvidó del mundo de donde
había venido,
ese lugar donde la Bandada vivía con los ojos bien
cerrados al gozo de volar,
empleando sus alas como medios para encontrar y luchar
por la comida. Pero
de cuando en cuando, sólo por un momento, lo
recordaba.
Se acordó de ello una mañana cuando estaba con su
instructor mientras
descansaba en la playa después de una sesión de
toneles con ala plegada.
-¿Dónde están los demás, Rafael? -preguntó en
silencio, ya bien acostumbrado
a la cómoda telepatía que estas gaviotas empleaban en
lugar de graznidos y
trinos-. ¿Por qué no hay más de nosotros aquí? De
donde vengo había......
miles y miles de gaviotas. Lo sé. -Rafael movió su
cabeza afirmativamente-. La
única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres
una gaviota en un millón.
La mayoría de nosotros progresamos con mucha lentitud.
Pasamos de un
mundo a otro casi exactamente igual, olvidando en
seguida de donde habíamos
venido, sin preocuparnos hacia donde íbamos, viviendo
solo el momento
presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos cruzar
antes de que
lográramos la primera idea de que hay mas en la vida
que comer, luchar. o
alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez
mil! Y luego cien vidas
más hasta que empezamos a aprender que hay algo
llamado perfección, y otras
cien para comprender que la meta de la vida es
encontrar esa perfección y
reflejarla. La misma norma se aplica ahora a nosotros,
por supuesto: elegimos
nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido
de éste. No
aprendas nada, y el próximo será igual que éste, con
las mismas limitaciones y
pesos de plomo que superar.
Extendió sus alas y volvió su cara al viento. -Pero
tú, Juan -dijo-, aprendiste
tanto de una vez que no has tenido que pasar por mil
vidas para llegar a esta.
En un momento estaban otra vez en el aire,
practicando. Era difícil mantener
la formación cuando giraban para volar en posición
invertida, puesto que
entonces Juan tenía que ordenar inversamente su
pensamiento, cambiando la
curvatura, y cambiándola en exacta armonía con la de
su instructor. -
Intentemos de nuevo -decía Rafael una y otra vez-:
Intentemos de nuevo. -Y por fin-: Bien. -Y entonces empezaron a practicar los rizos
exteriores.
Una noche, las gaviotas que no estaban practicando
vuelos nocturnos se
quedaron de pie sobre la arena, pensando. Juan echó
mano de todo su coraje y se acercó a la Gaviota Mayor, de quien, se decía, iba
pronto a trasladarse más allá de este mundo. -Chiang... -dijo, un poco
nervioso. La vieja gaviota le miró iernamente. -¿Si, hijo mío? En lugar de perder la
fuerza con la edad, el mayor la había aumentado; podía volar más y mejor que
cualquier gaviota de la bandada, y había aprendido habilidades que las otras
sólo empezaban a
conocer. -Chiang, este mundo no es el verdadero cielo,
¿verdad? El Mayor
sonrió a la luz de la Luna. -Veo que sigues
aprendiendo, Juan -dijo. -Bueno,
¿qué pasará ahora? ¿A dónde iremos? ¿Es que no hay un
lugar que sea como
el cielo? -No, Juan, no hay tal lugar. El cielo no es
un lugar, ni un tiempo. El
cielo consiste en ser perfecto. -Se quedó callado un
momento-. Eres muy rápido para volar, ¿verdad?
-Me... me encanta la velocidad -dijo Juan,
sorprendido, pero orgulloso de que el Mayor se hubiese dado cuenta. -Empezarás a palpar el
cielo, Juan, en el momento en que palpes la perfecta velocidad. Y esto no
es volar a mil
kilómetros por hora, ni a un millón, ni a la velocidad
de la luz. Porque
cualquier número es ya un límite, y la perfección no
tiene límites. La perfecta velocidad, hijo mío, es estar allí. Sin aviso, y en un
abrir y cerrar de ojos, Chiang desapareció y apareció al borde del agua,
veinte metros más allá. Entonces desapareció de nuevo y volvió en una milésima
de segundo...
Epicurode Samos (341-270 AC) es aclamado
universalmente como el filósofo campeón del hedonismo, pero su real visión
sobre el tema del placer no es comúnmente comprendida.
Muchos historiadores medievales lo representan como un
glotón licencioso, mientras que muchos de los modernos lo describen como un
predicador de "placeres con moderación", o incluso como un asceta.
Ninguna de estas representaciones es correcta. Sin embargo, la doctrina que él
enseñó hace largo tiempo en su jardín en Atenas es igualmente inspiradora y
convincente aún en nuestros días y, por tanto, digna de recordarlo.
Epicuro abogaba por una vida de continuo placer como
clave para la felicidad—el objetivo de sus enseñanzas morales. Su gran
perspicacia para satisfacer este fin consistía en identificar el límite de
nuestra habilidad para experimentar el placer en cualquier momento. Él estipuló
que a partir de un determinado nivel máximo no es posible que el placer tenga
un incremento de intensidad, aunque es probable que las sensaciones que
sostienen este dichoso pináculo del placer varíen continuamente. Él denominó a
esta experiencia punta como ataraxia—palabra griega que significa
"imperturbabilidad".
"imperturbabilidad"
Esta es una importante definición, toda vez que la
noción de placer es comúnmente concebida como la de algo que excita el
sentidos—pero este no es siempre el caso.
Epicuro clasificó a los placeres sensuales como
placeres en movimiento; ellos nos mueven a su vez hacia otro tipo de placer: el
estado de ataraxia, que es placentero por sí mismo.
Epicuro urgió a sus estudiantes a embarcarse
precipitadamente en una persecución interminable de la estimulación
transitoria, sino más bien en la búsqueda de una saciedad perdurable.
La propuesta no
significaba desestimar la sensualidad como vicio, sino establecer, más bien, la
relación adecuada entre los tipos de placer.
Para Epicuro la presencia del placer es sinónimo de
ausencia de dolor, o de cualquier tipo de aflicción: el hambre, la tensión
sexual, el aburrimiento, etc.
El proceso de
eliminar estos problemas ciertamente conlleva placeres sensuales.
Epicuro una vez
escribió:
"Yo no sé
cómo puedo concebir lo bueno, si elimino los placeres del gusto, y elimino los
placeres del amor, y elimino los placeres del oído, y elimino las emociones
placenteras causadas por la visión de una hermosa forma". Sin embargo, por
más estimulante que sea este proceso, se trata sólo de un medio para perseguir
un fin: la satisfacción. Considerar esta persecución como un fin en sí mismo,
por contraste, inevitablemente nos conduciría a las ansiedades de la adicción.
"Ningún placer es algo malo en sí"
Epicuro continúa diciéndonos.
" los medios que producen algunos placeres
conllevan alteraciones que muchas veces son mayores que los mismos
placeres". Para ayudar a la especie humana a escoger sabiamente sus
placeres.
Epicuro
escribió un libro titulado "Sobre opción y abstinencia", pero este
manuscrito no ha llegado a nosotros. Afortunadamente, sí contamos con otros
trabajos suyos (junto con los comentarios de otros seguidores del epicureísmo a
través de la historia), suficientes para capacitarnos en la reconstrucción de
sus buenos consejos. Una máxima que ha llegado hasta nosotros, tomada de las
Doctrinas Principales, sirve como buen punto de partida:
"Entre los
deseos, algunos son naturales y necesarios, algunos naturales y no necesarios,
y otros ni naturales ni necesarios, sólo consagrados a la opinión vana".
Nuestra disposición hacia cada uno de estos casos determina si estamos aptos
para intensificar o minar nuestra felicidad a través del tiempo.
Deseos "naturales e innecesarios”
La clase de los deseos "naturales y necesarios"
es la de aquellas ansias que necesariamente conducen a mayores penas si no son
satisfechas; sin embargo, en circunstancias normales, ellas pueden ser
satisfechas de manera más bien fácil. Estasincluyen nuestras necesidades físicas
básicas—principal entre ellas está la alimentación (con respecto a esto,
Epicuro escribió su epigrama de mayor notoriedad: "la felicidad comienza
en el estómago", un dicho que originó la imagen de Epicuro, históricamente
imprecisa, como conocedor culinario y dio origen a que en el idioma Inglés se
acuñase la palabra "epicure" para referirse a una persona de gustos
refinados, especialmente en el comer y el beber). La salud, el abrigo y el
sentido de seguridad también pertenecen a esta categoría.
Oiga , mire vea
,sigamos pues que esto esta como bueno.
La clase de deseos "naturales e
innecesarios" son aquellas ansias que no necesariamente conducen a mayor
sufrimiento si no son satisfechas, aunque, una vez más, su satisfacción pudiera
obtenerse fácilmente. Estos apetitos son aquellos de naturaleza recreativa: la
gratificación sexual, la conversación placentera, las artes, los deportes, los
viajes, etc.
Finalmente, pues.
La clase de
deseos "innaturales e innecesarios" corresponden a aquellas ansias
que no necesariamente conducen a un mayor sufrimiento de no ser satisfechas,
antes bien se materializan al precio de una carga permanente, tal es el caso de
la fama, el poder político, la riqueza extraordinaria y otras ambiciones que
conllevan los atavíos del prestigio.
Vamos a ver que nos recomienda el amigo Epicuro
1) intentar satisfacer los deseos necesarios de la
forma más económica posible. Así, una dieta predominantemente simple y
nutritiva satisfará el hambre y la salud, una morada modesta puede
adecuadamente proveer bienestar físico, y las buenas amistades mucho servirán
para ayudarse mutuamente en tiempos de infortunio. El estudio de la naturaleza
del universo, de forma tal que podamos confiadamente rechazar los absurdos de
las supersticiones, es también esencial para mejorar nuestro sentido de
seguridad.
2) Nuestra eficiencia al enfrentar lo anterior nos da
más libertad y recursos para explorar la gran variedad de deseos
"naturales e innecesarios". Podemos perseguir esto hasta la
satisfacción de nuestro corazón, es decir, hasta el punto del placer máximo —
pero no más allá, no sea que interferamos con nuestros objetivos establecidos
en la primera recomendacion
Ejemplo
Nunca
deberíamos arriesgar nuestra salud, nuestras amistades, nuestras finanzas o
nuestra condición legal por perseguir un deseo innecesario. Ante tal coyuntura
lo mejor es desviar nuestra atención hacia algún otro deseo en esta abundante
categoría a fin de no admitir que nuestros placeres se mezclen con las
perspectivas de un sufrimiento futuro.
3) Finalmente, llegamos a los deseos "innaturales
e innecesarios", para los cuales el consejo de Epicuro es inequívoco:
deberíamos evitarlos por completo.
El placer producido por la satisfacción de deseos
innaturales es demasiado efímero para ser digno de nuestra persecución cuando
se les compara con el largo alcance de los respectivos costos.
Podemos, por
ejemplo, paladear los logros de la fama; sin embargo, en nuestro siglo ya lo
sabemos, aunque duren sólo quince minutos luego puede que tengamos que soportar
a los cazadores de noticias por un larguísimo tiempo. El poder político atrae a
usurpadores y asesinos; la riqueza opulenta atrae a ladrones y políticos (o a
los recolectores de impuestos). No es novedad alguna que una máxima epicúrea
sentencie: "¡Vive en el anonimato!".
Aunque buena cuantía de este consejo parezca del más
mínimo sentido común, ¿cuántos de nosotros hemos tratado muy a menudo de vivir
fuera del sentido común: conduciéndonos más allá de nuestros medios, actuando
en contra de nuestro buen juicio para cubrir las apariencias, convirtiéndonos
en alcohólicos, trabajólicos, adictos a la comida chatarra — aunque lo
"sabemos bien"?
Hay una gran
cantidad de moralistas que nos imploran que conduzcamos nuestros asuntos más
sabiamente, pero somos propensos a rechazar sus métodos: ellos condenan nuestro
deseo natural por el placer como pecaminoso, y luego continúan encasillando la
moralidad en términos de intereses abstractos de la "sociedad", o por
los obscuros edictos de una deidad invisible. Cuando nos ajustamos a este
camino, ¿estamos más inclinados a someternos o a rebelarnos a ese consejo, ante
la exasperación del momento?
El mensaje epicúreo, sin embargo, con su enfoque sobre
el placer como base natural de la moralidad, tiene más fuerza para resistir.
Cuando un
epicúreo contempla el placer lo hace ponderando más ampliamente el cómo lograr
que éste se maximice.
Él puede
abstenerse de ciertos placeres, pero actúa así para ganar aún más placer en el
futuro, de manera alguna para desechar el placer en sí mismo. Es más,
cualquiera de nosotros puede entrar en contacto con nuestros sentimientos en
cualquier situación, si nos molestamos en hacer una pausa en busca de un
momento de introspección — todos estamos calificados para convertirnos en
nuestros propios intérpretes morales.
En el antiguo mundo del Mediterráneo, la filosofía
epicúrea ganó un sinnúmero de adherentes. Fue una escuela de pensamiento muy
prominente por un lapso de siete siglos después de la muerte de Epicuro, pero,
subsiguientemente, fue forzada a una virtual inexistencia ante la violenta
embestida de la Edad Media. Fue durante ese sombrío período de la historia
cuando la especie humana desacreditó, perdió y destruyó la mayor parte de los
escritos de Epicuro.
Dostoïevski
el conocidísimo escritor moscovita, que vivió una
vida plagada de nubarrones y tempestades, en uno de sus tantos libros escribía,
-cito la idea- no las palabras textuales, lo siguiente: "Somos desdichados porque no sabemos lo felices que somos"...Su obra toda es profundamente humana, fruto, justamente de sus amargas
vivencias, y con todo esto, así exclamaba.
Sucede que la verdadera felicidad nos pasa desapercibida porque no la
conocemos; y la desconocemos porque no sabemos distinguirla del alboroto lleno
de bulla, estrés, harturas y "jumos", los lujos, el loco derroche.
No entendemos la felicidad en silencio. No comprendemos el concepto "gozo
interior". Somos incapaces de disfrutar el reposo y la reflexión.
La felicidad nos pasa desapercibida por esas cosas de la vida ya que cuando hay
felicidad verdadera hay orden, y cuando hay orden las cosas marchan como ruedas
y apenas se sienten.
En el ámbito de la naturaleza biológica es donde mejor puede observarse este
aserto. Tenemos el caso de un organismo saludable. Una persona en salud no
siente el normal desenvolvimiento de cada uno de los órganos de su cuerpo.
Ustedes se imaginan los movimientos, tipo coctelera, que hace el estómago para
realizar la digestión y sin embargo no se percibe en absoluto, como si nada
estuviese sucediendo. La circulación de la sangre es un torrente impetuoso.
Llega hasta la última de las últimas células de nuestro cuerpo limpiándolo
todo, sin embargo ese torbellino no es percibido. Nadie lo siente en su ir y
venir incesante.
Ni que decir de los interminables movimientos del corazón. De la inacabable
actividad generadora del cerebro, que es como una central que gobierna en su
totalidad nuestros actos volitivos y los reflejos, y los instintos, y el amor,
y el odio y todo.
El operativo de cada uno de nuestros sentidos pasan enteramente desapercibidos
y no sentimos en fantásticas operaciones lo más mínimo.
Y tal, como sucede en nuestro cuerpo, cuando está en salud, pasa en la vida. Somos
felices y vamos sobre ruedas sin darnos cuenta, lo que se traduce en una
incomprensible disconformidad e injusticia, ante la existencia.
Repetidas veces se ha dicho que no sabe el bien que tiene hasta que lo pierde,
y la felicidad en el hombre está sembrada de pequeñas cosas, ínfimos detalles
cotidianos que, en el momento no nos percatamos de lo hermoso y valiosos que
son, pero una vez perdidos, y si es para siempre peor, se lamenta uno de la
falta que hacen.
Esos mini-detalles diarios pasan desapercibidos casi, como el funcionamiento de
nuestros órganos cuando están normales. Sólo cuando fallan nos acordamos de
ellos; una disgetión pesada nos pone a pensar en el estómago o el hígado de los
que normalmente nunca nos acordamos.
Sucede así por casualidad, o quien sabe si por finalidad en la vida. Nunca
apreciamos las cosas en su justa medida. Menos las percibimos cuando nos
benefician, por eso mientras más desdichados mas felices somos, pero no lo
sabemos, y no lo sabemos, porque esa desdicha no es más que fruto del hastío y
la inconformidad en que se vive, y no de una desgracia real, objetiva.
Pudiéramos consolarnos en los que sufren mayores penalidades que la sola
penalidad de ser inconformes, pero de poco serviría. Los problemas de que está
salpicada la vida son sencillamente un indicio de que esa es su naturaleza,
controversial, y nosotros estamos felizmente participando en ella, como en un
"festival"...que dura lo que un fogonazo, casi nada.
No quiero decir con esto que en realidad no exista el dolor tanto físico como
moral, que cuando estos nos golpean sufrimos como es natural. Esos son
precisamente los momentos especiales en los que la vida nos muestra su
verdadero rostro.
Con todo no sabe uno con seguridad absoluta si las volteretas de la vida son
para bien o para mal. Azorin escribía:- "A medida que he ido avanzando en
edad me ha ido ganando la duda. Donde antes afirmaba resueltamente ahora
titubeo"...y Camus se consuela al decir: "...El mal que existe en el
mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin
clarividencia, puede ocasionar tantos desastres como la maldad".....
"...El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto a
que son, y de las que no son en cuanto a que no son. Una misma cosa, como te
pareciere que es tal es para tì, y como me pareciere a mi, tal es para mi, pues
tù eres hombre y yo tambièn lo soy".....
Palabras del notable sofista de la antigüedad
Protàgoras de Abdera que viviò en los 400 A.C. Sobrevaloraba al hombre. Le dada
dimensiones al hombre que superaban en mucho su equitativa y justa medida.
El hombre ni debe ni puede abusar de su racionalidad. Sin
embargo se abusa, se ha abusado y al parecer se abusarà de esa condiciòn
privilegiada.
No podemos pretender justificar una posiciòn tan
extremadamente sujetiva. Los animales, los vegetales, y tambièn las cosas
inertes, carentes de vida, aunque no de composiciòn atòmica, tienen de hecho su
propia esencia òntica, o sea las caracterìsticas exclusivas de su propio ser.
Es justamente con el nacimiento del lenguaje oral y
aùn màs, cuando se codifican los sonidos para pasarlos a la escritura, que las
cosas reciben, segùn sus condiciones especìficas y caracterìsticas propias un
nombre, de forma arbitraria si se quiere, pero inamovible. Por el hecho de que
a una mata se le llame àrbol, o al agua, agua, no quiere decir que tales
nominaciones se justifiquen a plenitud pero, como han sido puestos, habràn de
permanecer, y ni su propio hacedor y responsable, el hombre puede mudarlos a su
antojo. Aunque sea su parecer.
El hombre serà la medida de las cosas hasta cierto
punto. Nunca podrà alterar la ecuànime medida que exige la justicia. La
reciedumbre que exige el quehacer polìtico. La seriedad que conlleva las
relaciones contractuales. El respeto y la solidaridad con, y hacia los demàs.
En su condiciòn, hasta ahora, de ùnico ser racional en
el Universo, le da una ventaja verdaderamente fabulosa.
Uno se imagina lo que supone, el potencial que en toda
vastedad del universo mundo, donde es el ser humano minorìa dirìase que casi
imperceptible, en comparaciòn con los cientos de miles de millones de soles y
planetas, sin contar con las especies vivas o no de nuestro propio globo, èste,
el hombre, sea capaz de tener conciencia de su propia existencia.
Tener conciencia de que existe, y en que
circunstancias, supone automàticamente inteligencia, y ya con esa arma a mano,
¿què no podrà hacer el hombre?...¿Què no podrà hacer y deshacer en todo el
Universo-Mundo?...Què no atara, y que no desatarà? Que combinarà, què
inventarà, què no harà...despuès que algunos misterios le sean resueltos?
Siendo infinitamente pequeño, fìsicamente dèbil y
fràgil, en comparaciòn con otros animales de la tierra, su morada sagrada, y
los astros que llenan el espacio sideral, es capaz de sobre-pujar sus propias
marcas, vencer sus limitaciones, y alzarse orondo y poderoso.
El filòsofo como el cientìfico
investigan...El uno, desde la torre de sus especulaciones; el otro, desde
abajo, desde el llano intrincado de las cosas.
El primero solo tiene una herramienta,
su cerebro y un punto de apoyo, su vivencia interior a la luz de lo dicho por
otros filòsofos a travès de los siglos.
El segundo tiene mil y una herramientas
en el espacio de sus laboratorios y apoyo logìstico para sus investigaciones
casi interminables.
¿Quiere acaso esto decir que es màs
segura y cierta la ciencia que la filosofìa?...No necesariamente. Ambas son
ciencias. Ambas son fruto de la razòn y curiosidad humanas. Ambas colman a
plenitud la innata insatisfacciòn del hombre, y por igual, ambas pueden
resbalar y anegarse en las tinieblas de las equivocaciones.
Las dos han contribuìdo al
desbrozamiento de la historia. Desde que el hombre empezò a inventar cosas y a
descubrir arcanos ignotos era porque ya, a lo mejor sin saberlo, filosofaba; y
desde que comenzò a filosofar, desde la etapa cosmogònica de la filosofìa pre-socràtica,
era porque ya investigaba, àvido, los misterios de la madre natura.
Desde entonces tenìa como divisa el
perenne cuestionamiento: ¿Por què asì y no de esta otra forma?...¿Por què de
esta manera y no de aquella?...Y noches iban y venìan, en vela, buscando
respuestas hasta dar con ellas, o hasta sòlo encontrar parte de ellas, que ya
es algo.
La ciencia sectoriza, la filosofìa
universaliza; el cientìfico, que no debemos perder de vista es en difinitiva un
filòsofo de la pràxis, se especializa en alguna rama de los conocimientos
naturales, quìmica, fìsica, zoologìa, àtomo, ingenierìa genètica, astronomìa y
por ahì...el filòsofo a su vez abarca todo quehacer filosòfico y de pasada
cientìfico.
La unidad de la problemàtica, en la
filosofìa, todavia lejos de encontrar respuestas, avanza, en expansiòn
contìnua; los cuatro universos en un solo espacio, el Cosmos Òntico, o del ser,
el Cosmos Moral, o la ètica, el Cosmos Gnòseològico, o de el de la verdad y el
espinoso problema de la Teodicea acerca de la existencia de Dios que no admite
la revelaciòn, ni la fè producto del sentimentalismo.
Hirschberger, en su "Historia de la
Filosofìa", arranca con el racionalismo cartesiano en el S.XVII de donde,
como es natural desemboca en el empirismo de Hobbes y Locke, yèndose a
regocijar en la ilustraciòn inglesa, alemana y sobre todo francesa.
Se mete por los vericuetos intrincados
del idealismo clàsico alemàn: el incomprensible Kant con sus imperativos,
Fichte con sus sujbjetivismos, Schelling con su romanticismo y Hegel, el
inefable, con su dialèctica y su Filosofìa del Espìritu.
Recorre los caminos del fenomenalismo y
de la fenomenologìa; el fenòmeno real, el suceso, la vida misma es la que
impulsa, antes habìa atisbado el voluntarismo pesimista de Schopenhauer, el materialismo
anacrònico de Fuerbach, el dialèctico de Marx y Engels; el existencialismo
cristiano de Kierkengaard, la fanàtica locura transmutacionista de
Nietzsche...cayendo de plano en los filòsofos de los años 90 del S. XX.
La historia de la filosofìa es la
historia llena de incidentes del pensamiento humano. De donde arrancan los
sistemas socio-econòmicos; de donde enrumban las polìticas frente a la vida y
frente al Estado que es donde se aprieta la cosa.
Fisolofìa, materia inseparable para los
estudiantes de la universidad, en cualquiera de sus carreras,
La jeunesse n'est pas une période de la vie,
elle est un état d'esprit, un effet de la volonté, une qualité de
l'imagination, une intensité émotive, une victoire du courage sur la timidité,
du goût de l'aventure sur l'amour du confort.
On ne devient pas vieux pour avoir vécu un
certain nombre d'années. On devient vieux parce qu'on a déserté son idéal. Les
années rident la peau, renoncer à son idéal ride l'âme.
Les préoccupations, les doutes, les craintes
et les désespoirs sont des ennemis qui, lentement nous font pencher vers la
terre et devenir poussière avant la mort.
Jeune est celui qui s'étonne et s'émerveille.
Il demande comme l'enfant insatiable : et après ? Il défie les événements et
trouve de la joie au jeu de la vie.
Vous êtes aussi jeune que votre foi.
Aussi vieux que votre doute.
Aussi jeune que votre confiance en vous-mêmes.
Aussi jeune que votre espoir.
Aussi vieux que votre abattement.
Vous resterez jeune tant que vous resterez
réceptif. Réceptif à ce qui est beau, bon et grand. Réceptif aux messages de la
nature, de l'homme et de l'infini.
Si un jour votre cœur devait être malade de
pessimiste et rongé par le cynisme, puisse Dieu avoir pitié de votre âme de
vieillard.
Samuel Ullman, 1870
Le texte de Samuel Ullmann semble ne pas
exister en version espagnole, alors j'en donne une traduction en castillan ici.
El texto de Samuel
Ullman no parece existir en versión española, entonces escribo aquí una
traducción en castellano.
La juventud no es un período de la vida, es un estado de ánimo, un efecto de la
voluntad, una calidad de la imaginación, una intensidad emotiva, una victoria
del valor sobre la timidez, del gusto de la aventura sobre el amor de la
comodidad.
No se
convierte en viejo por haber vivido una serie de años él se convierte en viejo
porque se abandonó su ideal.
Los años arrugan la piel, renunciar a su ideal
arruga el alma.
Las
preocupaciones, las dudas, los temores y las desesperaciones son enemigos que,
lentamente nos hacen inclinar hacia la tierra y convertirnos en polvo antes de
la muerte.
Joven es el que se asombra y se maravilla.
Pide como el niño
insaciable: ¿ y más tarde ?
Desafía los acontecimientos y encuentra en la
alegría al juego de la vida.
Son tan
jóvenes que su fe.
Por eso son tan viejos que su duda.
Por eso son tan jóvenes que su confianza en si mismo.
Por eso son tan jovenes que su esperanza.
Por eso son tan viejo que su disminución.
Seguirán
siendo jóvenes mientras seguirán siendo receptivos.
Receptivos a esto que es
bonito, bueno y grande.
Receptivos a los mensajes de la naturaleza, del hombre y
del infinito.
Si un día su corazón debe ester enfermo de pesimismo y corroído
por el cinismo, pueda Dios tener piedad de su alma de anciano.
Esa
divisiòn alma-cuerpo, no existe verdad? porque el amor como el ser, es un todo
que abarca anhelos, realidades, vacios, alegrìas, plenitudes, llantos, gritos,
tristezas, donde es importante estimular todos los sentidos. Tu cierras
tus ojos y yo me encargo de estimular uno a uno tus sentidos....
Tu sabes , al leer tus palabras, siento cosquillitas y deseos de tenerte
cerquita para deternerme donde sienta, quiera y quieras que me detenga
El amor y su desintegración en la sociedad occidental contemporánea Si partimos de la premisa de que el amor es una capacidad del carácter maduro, observando la sociedad occidental es indudable que el amor es un fenómeno relativamente raro, dándose en realidad diferentes formas de pseudo amor o "desintegración del amor". La estructura social, regida por el capitalismo, en un principio de supuesta libertad política y de mercado, necesita mano de obra obediente y eficiente, al mismo tiempo que consumidores impulsivos y poco críticos, personas que se sientan libres e independientes que encajen sin dificultades en el engranaje social. Esto ha producido en el hombre la enajenación de sí mismo y de lo que le rodea, en una situación de angustia e inseguridad que hace imposible superar una separatidad ante la que la sociedad ofrece muchos paliativos: rutinización del trabajo, el consumo, el ocio prefabricado. Parece que la felicidad pasa por divertirse, y esto implica consumir. Los autómatas no pueden amar, el amor llega a equiparse con las condiciones mercantilistas que rigen la sociedad, en unas relaciones que suelen ser artificiales. Se ha mantenido el error de pensar que el éxito del amor tan sólo radica en la satisfacción recíproca en el aspecto sexual, cuando en realidad el problema es el amor: está demostrado que los problemas sexuales más frecuentes no tienen su causa en el desconocimiento de la técnica adecuada sino en las inhibiciones que impiden amar. El temor o el odio al otro sexo es la raíz de la dificultad de entregarse por completo. Fromm critica en Freud su concepto materialista del amor, del amor considerado básicamente un fenómeno sexual, de un sentimiento de unidad que Freud lo interpretaba como fenómeno patológico de regresión a un estado de temprano "narcisismo ilimitado", de no distinguir entre el amor irracional y el amor maduro. En Sullivan critica su idea de que el amor es una situación de colaboración entre dos personas que sienten, en lo que Fromm denomina "egotismo à deux", donde dos personas aman sus intereses frente a un mundo hostil y enajenado. Así, el amor como satisfacción sexual recíproca y el amor como "trabajo en equipo", constituyen las formas "normales" de la desintegración del amor en la sociedad occidental contemporánea. Se describen cierto tipos de relaciones neuróticas amorosas. Un primer ejemplo es la inmadurez emocional y afectiva, fruto de una relación infantil materna/paterna no superada; personas que muestran un gran amor y afecto, que en cierta forma es superficial e irresponsable, que entran en profundas contradicciones y desengaños cuando creen no ser correspondidos en su justa medida; o la situación en donde la madre fue fría e indiferente y el padre concentra todo su afecto e interés en el hijo, pero de forma también autoritaria, premiando y castigando, lo que lleva al hijo a comportarse como un esclavo, a complacer al padre, y esto lo trasladará posteriormente en sus relaciones personales intentando encontrar la figura paterna con la que poder mantener una conducta similar, personas que suelen tener éxito social pero relegan a un segundo plano el aspecto afectivo interpersonal. Un matiz más complicado presenta el hijo ante unos padres que no se aman e intentan ocultárselo. El hijo desconoce lo que los padres piensan y sienten, lo que le hace retraerse en su propio mundo, y esto lo trasladará a las relaciones amorosas posteriores, necesitando a veces que las acciones masoquistas le liberen de la carga de tensión y miedo provocada por su nula afectividad. Otras formas frecuentes de amor irracional son: el amor idolátrico, en el que se tiende a "idolizar" a la persona amada, siendo característico su comienzo intenso aunque de difícil permanencia; el amor sentimental, más fantástico que real, como el experimentado ante una película, novela o canción romántica, o en el recuerdo de un pasado común por el que se muestra un amor que entonces no existió, o la esperanza de un amor futuro inexistente en el presente; otra forma de amor neurótico pasa por el uso de mecanismos proyectivos, buscando las propias falta ignoradas en los demás, o la de intentar dar sentido a la propia vida a través de la vida de los hijos. Fromm insiste en el error frecuente de pensar que el amor significa necesariamente la ausencia de conflicto, cuando en realidad los ‘conflictos' de la mayoría de la gente son formas de evitar los "verdaderos conflictos reales", no siendo éstos últimos en absoluto destructivos. El amor es un desafío constante, que parte desde el centro de nuestra existencia, en la experiencia de dos seres "que son el uno con el otro al ser uno consigo mismo y no al huir de sí mismos". Si pensamos en el aspecto religioso, la vida diaria está separada de cualquier valor religioso fruto del mismo automatismo que nos impide amar a los demás o a nosotros mismos, donde el hombre moderno se ha transformado en un artículo más del engranaje mercantilista, preocupado por un éxito que llega a olvidarse del propio yo, de la propia existencia al margen de los sentimientos.
Hay una frase muy interesante que escribe Fromm: "El hombre contemporáneo es más bien como un niño de tres años, que llora llamando a su padre cuando lo necesita, o bien, se muestra completamente autosuficiente cuando puede jugar". Dios podría ser ese padre, o la madre que te ama sin condiciones, y el juego no es mas que nuestra aceptación y participación en un mundo donde prima el mercantilismo que nos hace creer que lo óptimo es participar en él aceptando las reglas del juego. Pero esto no anula el sentimiento de separatidad ampliamente descrito, más bien lo oculta, y esto provoca sentimientos contradictorios, angustias, fobias, inadaptación ante nosotros mismos y ante los demás.
Amor a Dios
Si consideramos el número de páginas que Fromm utiliza para hablar del amor a
Dios, parece ser más complejo o importante que los precedentes.
Si hubiera que sintetizar la idea que Fromm aporta acerca de la necesidad de
amar, podríamos decir que esta necesidad existe motivada por la separatidad,
como forma de superar la angustia que el estado de separación produce en el
hombre, siendo la unión la solución.
El hombre surge de la naturaleza, de la madre, de una unidad original a la que
se aferra por encontrar en ella seguridad. En una primera etapa evolutiva se
identificaba con los animales y los árboles; muchas religiones primitivas
reflejan esta etapa evolutiva. Posteriormente es capaz de moldear figuras en
arcilla, metales, cuando ya no depende tanto de la naturaleza; entonces
aparecen los ídolos que adquieren apariencia humana. Parece haber existido una
fase matriarcal de la religión anterior a la patriarcal en determinadas
culturas. La fase patriarcal marca determinados principios o normas a obedecer,
la sociedad patriarcal es jerárquica; pero los aspectos maternos no pueden ser
totalmente eliminados, teniendo un claro ejemplo en la Virgen de la religión
católica. En muchos casos los dioses han evolucionado de la misma forma que lo
hacía la sociedad; el paso de una estructura social centrada en la madre a una
centrada en el padre produjo el campo de dios matriarcal a patriarcal. Dios en
la religión católica es un ente sin nombre, justo aunque severo en ocasiones,
es amor, se compromete, es la fuente de toda existencia. Es la figura del padre
al que hay que obedecer, un amor condicionado, que premia ante los buenos actos
y se enoja ante la desobediencia.
Fromm examina la diferencia entre la lógica aristotélica y la paradójica, una
primera donde lo que ‘es' no puede ser al mismo tiempo ‘no ser', y la otra que
sí acepta esta premisa. Así, a través de la lógica paradójica podemos concluir
que el amor a Dios no es conocer a Dios a través del pensamiento, sino el acto
de experimentar la unidad con Dios. Desde este punto de vista lo importante no
es el pensamiento, sino el acto. La lógica paradójica llevó al hombre a la
tolerancia y la autotransformación, la aristotélica al dogma y la ciencia; en
el primer caso podríamos hablar de oriente y en el segundo de occidente. Así, en
occidente el amor a Dios es sobre todo una experiencia mental, mientras que en
las religiones orientales es una "intensa experiencia afectiva de
unidad".
Existe un importante paralelismo entre el amor a los padres y el amor a Dios.
El amor a Dios es inseparable del amor a los padres, su amor al hombre, en una
relación determinada por la estructura de la sociedad en que vive; así, si la
estructura social es la de sumisión a la autoridad, el concepto de Dios será
infantil y alejado de un concepto maduro.
Amor a sí mismo
Son muchas las opiniones que a lo largo de los tiempos han puesto objeciones al
amor a sí mismo. Unos lo consideraron pecado, otros como Calvino lo
calificarían de "peste", hablarían de , de ser insano, que
el amor a sí mismo excluye el amor a los demás.
Fromm es tajante al afirmar que es una "falacia lógica" hablar de
esta exclusión recíproca. Por todos es conocida la frase bíblica "ama a tu
prójimo como a ti mismo". Pero, ¿qué explicación tiene el egoísmo si el
amor a mí mismo y a los demás es conjuntivo? Ante esto la respuesta es que
"el egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente
opuestos". Si un individuo sólo ama a los demás, no puede amar en
absoluto; por el mismo motivo, si sólo se ama a sí mismo, nada sabemos sobre lo
que es amar. El egoísta ni tan siquiera llega a amarse a sí mismo, sintiéndose
vacío, infeliz, preocupado por arrancar a los demás las satisfacciones que él
no puede/quiere conseguir. En el caso de una madre sobreprotectora, más que un
amor excesivo lo que muestra es la forma de compensar su total incapacidad de
amar. En esencia poco diferencia el efecto producido por la madre generosa y la
madre egoísta, pudiendo ser peor la primera, en cuanto los hijos evitan
criticarla, se sienten presionados, la obligación de no desilucionarla. Para
llevar a un niño a conocer la felicidad, el amor y la alegría no hay nada como
una madre que se ama a sí misma. Algo similar podría decirse de una persona
‘generosa' que poco o nada quiere de sí mismo y sólo vive para los demás: no es
feliz, es hostil hacia la vida, la generosidad es una fachada que esconde un
intenso egocentrismo.
Creo que deja
en muy mal lugar a la madre sobreprotectora. Si bien llevado a un caso extremo
puede ser cierto lo que afirma Fromm, en un caso normal es una actitud
relativamente normal que no creo que tanto perjudique al niño porque, ¿cuál es
el límite de la intensidad con la que debemos o podemos amar a otros o a
nosotros mismos? ¿está demostrado que rebasar este supuesto límite, si acaso
existe, tiene unos efectos más negativos que positivos?
Yo te llevo desde niño muy adentro
te he encontrado en el pájaro y la flor, en la tierra y el silencio,
y en mis sueños cada noche estabas tú.
Desde entonces, quiero darte siempre gracias
porque puedo darme cuenta de tu amor,
beberé de tu cuerpo y de tu sangre,
y por siempre te daré mi corazón.
Como no creer en Dios
si me ha dado los hijos y la vida.
Como no creer en Dios
si me ha dado la mujer querida.
Como no creer en Dios
si lo siento en mi pecho a cada instante
en la risa de un niño por la calle
o en la tierna caricia de una madre.
Como no creer en Dios
si está en las viñas y en el manso trigo.
Como no creer en Dios
si me dio la mano abierta de un amigo
Como no creer en Dios
si me ha dado la tristeza y la alegría
de saber que hay un mañana cada día,
por la fe, por la esperanza y el amor.
Amor erótico
A diferencia del amor fraterno o el materno, el amor erótico es una unión con
una única persona, exclusivo y no universal, siendo "la forma de amor más
engañosa que existe". No hay que confundirlo con la experiencia de
"enamorarse", situación ésta limitada por el hecho de llegar a
conocer a la otra persona tanto como a uno mismo, o mejor dicho, tan poco.
Otros factores que muchas personas se confunden al considerarlos formas de
salvar la separatidad son hablar de uno mismo, de las esperanzas, mostrar
aspectos infantiles, establecer un interés común frente al mundo... También es
erróneo confundir el deseo sexual con el amor, aunque el amor pueda inspirar el
deseo de la unión sexual. El deseo sexual sin amor no conduce a la unión, salvo
en sentido orgiástico transitorio.
Un aspecto importante a considerar es la ya comentada exclusividad del amor
erótico. El amor erótico sólo excluye el amor a los demás como fusión erótica.
Hemos visto el amor erótico como atracción individual y concreta entre dos
personas, pero también podríamos hablar de un acto de voluntad y un compromiso,
pues de ser sólo sentimiento no tendría sentido hablar del amor eterno, del
matrimonio hasta que la muerte los separe. Aquí Fromm no distingue entre el
matrimonio decidido por terceros y el de la elección individual, pues la
voluntad será la que garantice la continuación del amor.
Ante lo
expuesto me hago las siguientes preguntas: ¿Existe el amor eterno? ¿Sólo puede
existir amor erótico entre dos personas, no puede haber una tercera? ¿No es más
intenso el amor como elección individual que el convenido por otros intereses,
aun cuando la voluntad y compromiso haga permanecer unida a la pareja?
De esto ya se ha hablado antes, sin embargo, quedaría por añadir algunas
observaciones. El amor materno no sólo contribuye a la conservación de la vida
del niño y su crecimiento, sino también debe inculcar en el niño el amor a la
vida. El amor madre-niño crea una dependencia de éste último necesaria, y a
diferencia del amor erótico, donde dos seres separados se vuelven uno, en el
amor materno dos seres que estaban unidos se separarán. En el momento de la
separación el amor materno se hace más difícil, imposible si una madre no puede
"amar a su esposo, a otros niños, a los extraños, a todos los seres
humanos."
Es un error pensar que sólo amamos a una determinada persona, pues esto no es
sino una relación simbiótica o egotismo ampliado. Como poéticamente escribe
Fromm, "si amo realmente a una persona, amo a todas las personas, amo al
mundo, amo la vida". Aunque esto no quita que podamos distinguir diversos
tipos de amor.
Como objetos amorosos se distinguen el amor fraternal, el amor materno, el amor
erótico, el amor a sí mismo y el amor a Dios.
El niño al nacer no tiene conciencia de la realidad que le rodea o de sí mismo.
Tan sólo siente la estimulación del calor de la madre y el alimento, la
satisfacción y seguridad que la madre le produce; lo exterior es real en
función de sus necesidades. Cuando crece aprende a percibir las cosas,
aprendiendo a manejar las cosas y a la gente. Siente el amor incondicional
materno. Los niños entre los ocho y medio a los diez años ya pueden amar y no
sólo responder con gratitud y alegría al amor que reciben. El niño pasa de su
egocentrismo a valorar las necesidades de los demás, donde dar o amar es más
satisfactorio que recibir, sintiendo una nueva sensación de unión. Fromm lo
reduce a lo siguiente "El amor infantil sigue el principio: ‘Amo porque me
aman. El amor maduro obedece al principio: ‘Me aman porque amo'. El amor
inmaduro dice: ‘Te amo porque te necesito'. El amor maduro dice: ‘Te necesito
porque te amo'."
El amor al padre es diferente y de poca importancia durante los primeros años
de la vida del niño, el padre "no representa un hogar natural" de
donde venimos. El padre será quien enseñe al niño el camino hacia el mundo, en
un amor que es condicional que, a diferencia del materno, puede ser controlado.
Después de los seis años, el niño comienza a necesitar el amor del padre, su
autoridad y su guía. La función de la madre es la de aportar seguridad, el
padre será quien enseñe y guíe ante los problemas que plantea la sociedad. Las
cualidades paternas serían la disciplina, independencia, habilidad de dominar
la vida por sí mismo.
La base de la salud mental y el logro de la madurez son fruto del éxito de la
relación madre-niño y padre-niño. La neurosis es fruto del fracaso o ciertos
desajustes en esta relación. Así, "ciertos tipos de neurosis, las
obsesivas, por ejemplo, se desarrollan especialmente sobre la base de un apego
unilateral al padre, mientras que otras, como la histeria, el alcoholismo, la
incapacidad de autoafirmarse y de enfrentar la vida en forma realista, y las
depresiones, son el resultado de una relación centrada en la madre."
Creo que es
bastante discutible cuando dice: "Si un individuo [al llegar a la etapa
adulta] conservara sólo la conciencia paterna, se tornaría áspero e inhumano.
Si retuviera únicamente la conciencia materna, podría perder su criterio y
obstaculizar su propio desarrollo o el de los demás".
En los animales, sus afectos constituyen una parte de su instinto, algo que
también permanece en el hombre. El hombre sufre la necesidad de superar su
separatidad, de abandonar "la prisión de su soledad", porque la
vivencia de la separatidad provoca angustia. La solución a esta soledad ha
recibido varias respuestas a lo largo de la historia, utilizando varios medios
que ayuden a alcanzarla tales como adorar animales, conquistas militares,
lujuria, trabajo obsesivo, creación artística, amor a Dios, amor al Hombre. En
el niño la presencia de la madre evita su sentimiento de separatidad.
Fromm nos habla de "estados orgiásticos". Muchos rituales de tribus
primitivas utilizaban las drogas como forma de escapar del estado de separación,
o a través de la experiencia sexual, siendo el orgasmo un estado similar al
provocado por un trance o los efectos de ciertas drogas. Las orgías sexuales
comunales formaban parte de muchos rituales primitivos. Participar en estos
estados orgiásticos, al ser una práctica común e incluso exigida por los
médicos brujos o sacerdotes, no producía angustia, sentimiento de culpa o
vergüenza.
En una cultura no orgiástica se trata de escapar de la separatidad a través del
alcohol o las drogas, experimentando el individuo sentimientos de culpa y
remordimiento. El acto sexual sin amor no elimina, salvo en forma momentánea,
el abismo que separa a dos seres humanos. En esta cultura esta forma de escapar
de la separatidad provoca una cada vez mayor sensación de separación.
Las uniones orgiásticas son intensas, ocurren en mente y cuerpo, son
transitorias y periódicas.
Hay otro aspecto a considerar, la unión basada en la conformidad con el grupo.
El hombre pasó de vivir en un grupo pequeño a integrarse en ciudades, estados,
miembros de una iglesia. La uniformidad predomina en una unión donde el ser
individual desaparece en pro de la pertenencia al rebaño. La conformidad con el
rebaño es la forma predominante, donde los pensamientos, las costumbres, la
forma de vestir, los empleos, el ocio... no difieren apenas entre los
‘diferentes' individuos que forman parte de la colectividad. Se cree ser
diferente, tener ideas o pensamientos propios cuando en realidad son
prácticamente los mismos, creer que poder elegir entre unas determinadas
diferencias aceptadas por una mayoría representa una ausencia de conformismo o
que esto es ser individualista. La igualdad como condición para el desarrollo
de la individualidad. Esta estandarización o igualdad conviene a la sociedad,
como forma de evitar fricciones. Incluso lo que muchos suponen un gran logro,
la igualdad de las mujeres, forma parte del movimiento conducente a la
eliminación de las diferencias. Es curioso lo que escribe Fromm: "la
polaridad de los sexos está desapareciendo, y con ella el amor erótico, que se
basa en dicha polaridad".
Pero la unión por la conformidad no soluciona per se la angustia de la
separatidad. Síntomas de sus fallos son el alcoholismo, el abuso de las drogas,
la sexualidad compulsiva o el suicidio. Al mismo tiempo, a diferencia de las
soluciones orgiásticas, afecta sobre todo a la mente y no al cuerpo. La única
ventaja de la conformidad es la permanencia. Otros aspectos a considerar son la
rutina en el trabajo y el ocio. Existe poca iniciativas ante unas tareas
prescritas por la organización del trabajo. Las diversiones están rutinizadas y
prefabricadas. Es concluyente la pregunta que Fromm se/nos hace. "¿Cómo
puede un hombre preso en esa red de actividades rutinarias recordar que es un
hombre, un individuo único, al que sólo le ha sido otorgada una única
oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con el
anhelo de amar y el miedo a la nada y a la separatidad?"
Una tercera forma de lograr la unión sería la actividad creadora, donde el
individuo que crea y su objeto se tornan uno. Esto no englobaría al trabajador
de una cadena de montaje, que se siente bastante alejado de aquello que produce
en su trabajo rutinario.
Pero la unión lograda en la fusión orgiástica es transitoria, la que
proporciona la conformidad es una pseudo-unidad y la actividad creadora no es
interpersonal. Así, Fromm concluye que ante estas respuestas parciales sólo el
amor puede lograr la fusión con otra persona, siendo el "impulso más
poderoso que existe en el hombre". Tan convencido está Fromm de ello que
llega a escribir que "sin amor, la humanidad no podría existir un día
más".
Sin embargo, ahora surge una duda, ¿de qué amor estamos hablando? ¿el amor como
solución al problema de la existencia o como unión simbiótica? Fromm critica el
amor como unión simbiótica, lo considera una forma inmadura de amar. Podría
hablarse de unión simbiótica entre el feto y la madre embarazada; la sumisión o
masoquismo, donde la persona renuncia a su integridad convirtiéndose en instrumento
de alguien o algo ajeno a él; la dominación o sadismo, forma activa frente a la
pasiva que representa la sumisión, quien escapa de su soledad creando en otro
individuo la prolongación de su ser.
Es por ello que cuando Fromm habla de amor se refiere a un amor maduro donde
"se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante,
siguen siendo dos". Hay que entender la capacidad de amar como acto de
dar, sin pensar en el sentido mercantilista donde dar implica recibir. Al
final, dar significa recibir, porque cuando se da con sinceridad no se deja de
recibir, o como bien dice Fromm "el amor es un poder que produce
amor". Y esto no sería circunscribible sólo al amor, podríamos por ejemplo
hablar del maestro que aprende de sus alumnos.
Pero el amor no sólo es dar, también implica cuidado, responsabilidad, respeto
y conocimiento, todos conformando una interdependencia mutua. No amamos aquello
que no cuidamos. La persona que ama, responde. Respeto como preocupación por el
prójimo, evitando así que la responsabilidad degenere en dominación; o como
dice una vieja canción francesa, el respeto sólo existe sobre la base de la
libertad. Pero el cuidado, la responsabilidad o el respeto no son posibles si
conocer a la persona. Como dice Fromm, "el conocimiento sería vacío si no
lo motivara la preocupación". Sólo el amor hace posible el conocimiento,
en el acto de amar me encuentro a mí mismo. Sin embargo, ya decía el sabio que
mientras más sabía más se daba cuenta de que, en realidad, no sabía nada. Otra
frase curiosa que escribe Fromm es que "la consecuencia última de la
psicología es el amor".
Hasta ahora se ha hablado del amor como forma de afrontar la separatidad
humana. Pero existe una necesidad existencial de unión de orden biológico, la
polaridad de los sexos. Fromm critica la teoría freudiana acerca de la
sexualidad, diciendo Freud que la finalidad del deseo sexual es la eliminación
de la tensión química producida en el cuerpo, sin tener en cuenta el aspecto
psicobiológico de la sexualidad, la polaridad hombre-mujer y el deseo de
resolver esta polaridad a través de la unión.
Es curiosa la
conclusión a la que llega Fromm acerca de las actitudes homosexuales: "La
desviación homosexual es un fracaso en el logro de esa unión polarizada, y por
eso el homosexual sufre el dolor de la separatidad nunca resuelta, fracaso que
comparte, sin embargo, con el heterosexual corriente que no puede amar".
Salvando las distancias, creo que podría estar equivocado. Si bien no parece
demostrado que en los homosexuales haya aspectos patológicos diferenciadores
con respecto al resto de su sexo, hay evidencias que sugieren que los genes
pueden ser un factor en la orientación sexual; aunque otras opiniones, como la
de Sigmund Freud, afirman que es más probable que los factores determinantes
sean las experiencias durante la infancia. En este último punto, Freud afirma
que la falta de un progenitor del mismo sexo con el cual poder identificarse
podría ser una causa de la homosexualidad. Si nos remontáramos al siglo XIX la
homosexualidad era entonces clasificada como enfermedad.
La mayoría de la gente cae en el error de suponer que no hay nada que aprender
sobre el amor, y ello se debe a varios motivos: considerar que el problema del
amor consiste en ser amado y no en amar, valorando aspectos como el éxito, ser
poderoso, rico, ser atractivos, en definitiva, una mezcla de popularidad y
sex-appeal; el hecho de creer que amar es fácil y lo difícil es encontrar a
quien amar, la importancia del objeto frente a la de la función, la suposición
de que el problema del amor es el de un objeto y no de una facultad; la
confusión entre la sensación inicial del "enamorarse" y el permanecer
enamorado cuando la otra persona ya no es desconocida y se pierde el halo de
misterio inicial.
El amor es un arte, y todo arte necesita un proceso de aprendizaje, tanto en lo
teórico como en el aspecto práctico.
Hay un
aspecto curioso que Fromm comenta en referencia a los errores que lleva a
muchas personas suponer que no hay nada que aprender sobre el amor. Afirma que
las relaciones amorosas humanas siguen el mismo esquema existente en el mercado
de bienes y de trabajo, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. "Una
mujer o un hombre atractivos son los premios que se quiere conseguir".
Cierta
vez, un poeta escribió una hermosa canción de amor. E hizo muchas copias y las
envió a sus amigos y conocidos, hombres y mujeres, y también a una joven que
había visto tan sólo una vez y que vivía más allá de las montañas. Y cuando
pasaron dos o tres días vino un mensajero de parte de la joven, trayendo una
carta. Y la carta decía:
"Déjame
decirte que estoy profundamente conmovida por la canción de amor que escribiste
para mí. Ven pronto y habla con mis padres para tratar los preparativos de la
boda".
Y
el poeta respondió, diciendo en su carta:
"Amiga
mía, la canción que le envié no era sino una canción de amor brotada del
corazón de un poeta, cantada por todo hombre y a cualquier mujer."
Y
ella le escribió a su vez, diciendo:
"¡Hipócrita
y mentiroso! ¡Desde hoy, hasta el día en que me entierren, odiaré a todos los
poetas por su causa!"
-Tú la ves descansando sobre el brazo de aquel hombre. Sólo que ayer descansaba así sobre el mío.
Y mi amigo dijo:
-Y mañana se posará sobre el mío.
Dije:
-Mírala sentada junto a él. Fue sólo ayer que se sentaba junto a mí.
Y él respondió:
-Mañana se sentará a mi lado.
Dije:
-Observa, bebe vino de su copa y ayer bebía de la mía.
Y él agregó:
-Mañana lo hará de mi copa.
Entonces dije:
-Mira cómo lo contempla con amor y con ojos entregados. Ayer mismo me contemplaba así.
Y mi amigo dijo:
-Mañana me contemplará a mí.
Pregunté:
-¿No la oyes murmurar canciones de amor en sus oídos? Las mismas canciones de amor que murmuraba en los míos.
Y mi amigo contestó:
-Y mañana las susurrará en los míos.
Y dije:
-Pero mira. Está abrazándolo. No fue sino ayer que me abrazaba a mí.
Y mi amigo dijo:
-Me abrazará a mí mañana.
Entonces agregué:
-¡Qué mujer extraña!
Mas él me respondió:
-Ella es como la vida, poseída por todos los hombres; y como la muerte, conquista a todos los hombres; y como la eternidad, envuelve a todos los hombres.
SEGUIRÉ AMIGO MIO LEYENDO CON MUCHO AGRADO TUS ESCRITOS.
Como si nada
hubiera pasado
como si nada hubieras desempolvado
como si nada hubieras sentido estos últimos días.
como si nada hubieras despertado.
LO BUENO Y LO MALO
Puedo hablar de lo bueno en vosotros, no de lo malo. Porque?
¿qué es lo malo sino lo bueno torturado por su propia hambre y su propia
sed?
En verdad, cuando lo bueno está hambriento, busca alimento aun en cavernas
obscuras y, cuando está sediento, bebe hasta de las aguas muertas.
Sois buenos cuando sois uno con vosotros mismos.
Sin embargo; cuando no lo sois, no sois malos.
Porque una casa desunida no es un antro de ladrones; es sólo una casa
desunida.
Y un barco sin timón puede vagar sin rumbo entre islotes peligrosos y no
hundirse hasta el fondo.
Sois buenos cuando os esforzáis en dar de vosotros mismos.
Sin embargo, no sois malos cuando buscáis ganar para vosotros.
Porque, cuando lucháis por obtener, no sois más que una raíz que se prende
a la tierra y succiona su seno.
Seguramente la fruta no puede decir a la raíz: «Sé como yo, madura y plena
y dando siempre de tu abundancia.»
Porque para la fruta el dar es una necesidad, como el recibir es una
necesidad para la raíz.
Sois buenos cuando estáis completamente despiertos en vuestro discurso.
Sin embargo, no sois malos cuando dormís mientras vuestra lengua titubea
sin propósito.
Y hasta un vacilante hablar puede fortalecer una lengua débil.
Sois buenos cuando camináis hacia vuestra meta firmemente y con pasos
audaces.
No sois, empero, malos cuando vais hacia ella cojeando.
Aun aquellos que cojean no retroceden.
Pero vosotros que sois fuertes y veloces, cuidaos de no cojear delante del
lisiado, imaginando que eso es bondad.
Sois buenos en incontables modos y no sois malos cuando no sois buenos.
Sois solamente indolentes y haraganes.
Es una lástima que los ciervos no puedan enseñar velocidad a las tortugas.
En vuestro anhelo por vuestro yo gigante reposa vuestra grandeza y ese
anhelo se encuentra en todos vosotros.
Pero en algunos de vosotros esa ansia es un torrente que corre con fuerza
hacia el mar llevando los secretos de las colinas y las canciones de los
bosques.
Y en otros es un hilo de agua que se pierde en ángulos y curvas y se
consume antes de alcanzar la playa.
Pero, no dejemos que el que mucho anhela le diga al que anhela poco:
«¿Por qué eres tan lento y te detienes tanto?
» Porque el que es verdaderamente bueno no pregunta al desnudo
«¿Dónde están tus vestidos?»
ni al desamparado .« ¿Qué ha ocurrido con tu casa?
En la hora más silenciosa de la noche, mientras estaba
yo acostado y dormitando, mis siete egos sentáronse en rueda a conversar en
susurros, en estos términos:
Primer Ego: -He vivido aquí, en este loco, todos
estos años, y no he hecho otra cosa que renovar sus penas de día y reavivar su
tristeza de noche. No puedo soportar más mi destino, y me rebelo.
Segundo Ego: -Hermano, es mejor tu destino que el
mío, pues me ha tocado ser el ego alegre de este loco. Río cuando está alegre y
canto sus horas de dicha, y con pies alados danzo sus más alegres pensamientos.
Soy yo quien se rebela contra tan fatigante existencia.
Tercer Ego: - ¿Y de mi qué decís, el ego aguijoneado
por el amor, la tea llameante de salvaje pasión y fantásticos deseos? Es el ego
enfermo de amor el que debe rebelarse contra este loco.
Cuarto Ego: -El más miserable de todos vosotros soy
yo, pues sólo me tocó en suerte el odio y las ansias destructivas. Yo, el ego
tormentoso, el que nació en las negras cuevas del infierno, soy el que tiene
más derecho a protestar por servir a este loco.
Quinto Ego: -No; yo soy, el ego pensante, el ego de
la imaginación, el que sufre hambre y sed, el condenado a vagar sin descanso en
busca de lo desconocido y de lo increado... soy yo, y no vosotros, quien tiene
más derecho a rebelarse.
Sexto Ego: -Y yo, el ego que trabaja, el agobiado
trabajador que con pacientes manos y ansiosa mirada va modelando los días en
imágenes y va dando a los elementos sin forma contornos nuevos y eternos... Soy
yo, el solitario, el que más motivos tiene para rebelarse contra este inquieto
loco.
Séptimo Ego: - ¡Qué extraño que todos os rebeléis
contra este hombre por tener a cada uno de vosotros una misión prescrita de
antemano! ¡Ah! ¡Cómo quisiera ser uno de vosotros, un ego con un propósito y un
destino marcado! Pero no; no tengo un propósito fijo: soy el ego que no hace nada;
el que se sienta en el mudo y vacío espacio que no es espacio y en el tiempo
que no es tiempo, mientras vosotros os afanáis recreándoos en la vida. Decidme,
vecinos, ¿quién debe rebelarse: vosotros o yo?
Al
terminar de hablar el Séptimo Ego, los otros seis lo miraron con lástima, pero
no dijeron nada más; y al hacerse la noche más profunda, uno tras otro se
fueron a dormir, llenos de una nueva y feliz resignación.
Sólo
el Séptimo Ego permaneció despierto, mirando y atisbando a la Nada, que está detrás de
todas las cosas.
Hola quiero seguir compartiendo contigo una de mis lecturas. Hecha a la basura lo que te parezca una tontería y lo que quede, déjalo a un lado para que el polvo de la indiferencia se encargue de darle eterna sepultura. Son palabras, pensamientos de hombres, que de pronto no han encontrado aun los caminos verdaderos por los cuales otros están sembrando con bastante convicción, como es tu caso. Que el Dios de las almas convencidas, y puras te bendiga, y te de fuerzas para seguir difundiendo la palabra Dios. si al leer estas tonterias te inspiro ternura, amor,o triteza ,te pido que ores por mi.
Dios de las almas perdidas, tú que estás perdido entre los dioses, escúchame:
Vivo entre una raza de hombres perfecta, yo, el más imperfecto de los hombres.
Yo, un caos humano, nebulosa de confusos elementos, deambulo entre mundos perfectamente acabados; entre pueblos que se rigen por leyes bien elaboradas y que obedecen un orden puro, cuyos pensamientos están catalogados, cuyos sueños son ordenados, y cuyas visiones están inscritas y registradas.
Sus virtudes, ¡OH Dios!, están medidas, sus pecados están bien calculados por su peso, y aun los innumerables actos que suceden en el nebuloso crepúsculo de lo que no es pecado ni virtud están registrados y catalogados.
En este mundo, las noches y los días están convenientemente divididos en estaciones de conducta y están gobernados por normas de impecable exactitud.
Comer, beber, dormir, cubrir la propia desnudez, y luego cansarse, todo a su debido tiempo.
Trabajar, jugar, cantar, bailar, y luego yacer tranquilo, cuando el reloj da la hora para ello.
Pensar esto, sentir aquello, y luego dejar de pensar y de sentir cuando cierta estrella se alza en el horizonte.
Robar al vecino con una sonrisa, dar regalos con un gracioso ademán, elogiar prudentemente, acusar con cautela, destruir un alma con una palabra, quemar un cuerpo con el aliento, y luego lavarse las manos, cuando se ha terminado el trabajo del día.
Amar según el orden establecido, entretenerse en lo mejor de uno mismo según cierta manera prefabricada, rendir culto a los dioses con el debido decoro, intrigar y engañar a los demonios diestramente, y luego olvidarlo todo, como si la memoria hubiese muerto.
Imaginar con un motivo determinado; proyectar con consideración; ser feliz dulcemente; sufrir con nobleza; y luego, vaciar la copa, de manera que mañana podamos llenarla otra vez.
Todas estas cosas, ¡OH Dios!¡, están concebidas con preclara visión, han nacido con un propósito firme, se mantienen con esmero y exactitud, se gobiernan según las normas y la razón, y luego se asesinan y se entierran según el método prescrito. Y aun sus silenciosas tumbas que yacen dentro del alma humana, cada una tiene su marca y su número.
Es un mundo perfecto; de maravillas; el más maduro fruto del jardín de Dios; el pensamiento rector del universo.
Pero dime, ¡OH Dios!, ¿por qué tengo que estar allí, yo, semilla de pasión insatisfecha, loca tempestad que no va en pos del oriente ni del occidente, aturdido fragmento de un planeta que pereció en las llamas?
¿Por qué estoy aquí, ¡OH Dios! de las almas perdidas? Dímelo tú, OH Dios, que te encuentras perdido entre los demás dioses...
Cuando nació mi Tristeza, le prodigué mil cuidados, y la vigilé con amorosa ternura.
Y mi Tristeza creció como todos los seres vivientes, fuerte y hermosa y llena de maravillosas gracias.
Y mi tristeza y yo nos amábamos, y amábamos al mundo que nos rodeaba. Pues mi Tristeza era de corazón bondadoso, y el mío también era amable cuando estaba lleno de Tristeza.
Y cuando hablábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches estaban engalanadas de sueños; porque mi Tristeza era elocuente, y mi lengua también era elocuente con la Tristeza.
Y cuando mi Tristeza y yo cantábamos juntos, nuestros vecinos sentábanse a la ventana a escucharnos; pues nuestros cantos eran profundos como el mar, y nuestras melodías estaban impregnadas de extraños recuerdos.
Y cuando caminábamos juntos, mi tristeza y yo, la gente nos miraba con amables ojos, y cuchicheaba con extremada dulzura. Y también había quien nos envidiara, pues mi Triste za era un ser noble, y yo me sentía orgulloso de mi Tristeza. Pero murió mi Tristeza, como todo ser viviente, y me quedé solo, con mis reflexiones.
Y ahora, cuando hablo, mis palabras suenan pesadas en mis oídos.
Y cuando canto, mis vecinos ya no escuchan mis canciones.
Y cuando camino solo por la calle, ya nadie me mira. Sólo en sueños oigo voces que dicen compadecidas: "Mirad: allí yace el hombre al que se le murió su Tristeza".
En una lejana montaña vivían dos ermitaños que rendían culto a Dios y que se amaban uno al otro.
Los dos ermitaños poseían una escudilla de barro que constituía su única posesión.
Un día, un espíritu malo entró en el corazón del ermitaño más viejo, el cual fue a ver al más joven.
-Hace ya mucho tiempo que hemos vivido juntos -le dijo-. Ha llegado la hora de separarnos. Por tanto, dividamos nuestras posesiones.
Al oírlo, el ermitaño más joven se entristeció.
-Hermano mío -dijo-, me causa pesar que tengas que dejarme. Pero si es necesario que te marches, que así sea. Y fue por la escudilla de barro, y se la dio a su compañero, diciéndole
-No podemos repartirla, hermano; que sea para ti.
-No acepto tu caridad -replicó el otro-. No tomaré sino lo que me pertenece. Debemos partirla.
El joven razonó:
-Si rompemos la escudilla, ¿de qué nos servirá a ti o a mí? Si te parece, propongo que la juguemos a suerte.
Pero el ermitaño persistió en su empeño.
-Sólo tomaré lo que en justicia me corresponde, y no confiaré la escudilla ni mis derechos a la suerte. Debe partirse la escudilla.
El ermitaño más joven, viendo que no salían razones, dijo:
-Está bien: si tal es tu deseo, y si te niegas a aceptar la escudilla, rompámosla y repartámosla.
Y entonces el rostro del ermitaño más viejo se descompuso de ira, y gritó:
- ¡Ah, maldito_ cobarde! no te atreves a pelear, ¿eh?
Hubo una vez un hombre rico muy orgulloso de su bodega y del vino que allí había; y también había una vasija con vino añejo guardada para alguna ocasión sólo conocida por él.
El gobernador del estado llegó a visitarlo, y aquél, luego de pensar, se dijo: "Esa vasija no se abrirá por un simple gobernador".
Y un obispo de la diócesis lo visitó, pero él dijo para sí: "No, no destaparé la vasija. Él no apreciará su valor, ni el aroma regodeará su olfato".
El príncipe del reino llegó y almorzó con él. Mas éste pensó: "Mi vino es demasiado majestuoso para un simple príncipe".
Y aún el día en que su propio sobrino se desposara, se dijo: "No, esa vasija no debe ser traída para estos invitados".
Y los años pasaron, y él murió siendo ya viejo, y fue enterrado como cualquier semilla o bellota.
El día después de su entierro tanto la antigua vasija de vino como las otras fueron repartidas entre los habitantes del vecindario. Y ninguno notó su antigüedad.
Para ellos, todo lo que se vierte en una copa es solamente vino
Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una.
Sólo es inmensamente rico aquel que sabe limitar sus deseos.
Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo.
El que revela el secreto de otros pasa por traidor; el que revela el propio secreto pasa por imbécil.
El amor propio, al igual que el mecanismo de reproducción del genero humano, es necesario, nos causa placer y debemos ocultarlo.
Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males.
Azar es una palabra vacía de sentido, nada puede existir sin causa.
Hay alguien tan inteligente que aprende de la experiencia de los demás.
Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero.
Todo les sale bien a las personas de carácter dulce y alegre.
Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere.
La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.
Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo será siempre un hermano.
En un beso, sabrás todo lo que he callado.
No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos.
Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando.
La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas.
El amor es: el dolor de vivir lejos del ser amado.
El que busca un amigo sin defectos se queda sin amigos.
Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes
.
Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única.
El verdadero amor es como los espíritus: todos hablan de ellos, pero pocos los han visto.
Los verdaderos amigos se tienen que enfadar de vez en cuando.
Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo.
Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender.
La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante.
Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción.
Ni la ausencia ni el tiempo son nada cuando se ama.
La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad.
El más difícil no es el primer beso sino el último
Lo que hoy siente tu corazón, mañana lo entenderá tu cabeza.
La señal de que no amamos a alguien es que no le damos todo lo mejor que hay en nosotros.
Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.
Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él.
Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.
La gente se arregla todos los días el cabello. ¿Por qué no el corazón?
Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace.
El verdadero amigo es aquel que a pesar de saber como eres te quiere.
Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad.
La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía.
Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación.
El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona.
La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces.
El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada.
Hay que escuchar a la cabeza, pero dejar hablar al corazón.
Amistad que acaba no había comenzado.
Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla
Si te caes siete veces, levántate ocho.
Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar.
Quien bien te quiere te hará llorar.
El que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve; con lo que se imagina basta.
Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos.
Al primer amor se le quiere más, a los otros se les quiere mejor.
El verdadero amigo es aquél que está a tu lado cuando preferiría estar en otra parte.
Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.
Los amigos son como la sangre, cuando se está herido acuden sin que se los llame.
Un hombre de noble corazón irá muy lejos, guiado por la palabra gentil de una mujer.
Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años.
La memoria es como el mal amigo; cuando más falta te hace, te falla.
No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer.
Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos.
Tómate tiempo en escoger un amigo, pero sé más lento aún en cambiarlo.
Un corazón es una riqueza que no se vende ni se compra, pero que se regala.
El que no tiene celos no está enamorado.
Antes de poner en duda el buen juicio de tu mujer, fíjate con quien se ha casado ella.
El sabio puede sentarse en un hormiguero, pero sólo el necio se queda sentado en él.
La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.
Los hombres engañan más que las mujeres; las mujeres, mejor.
El amigo ha de ser como el dinero, que antes de necesitarlo, se sabe el valor que tiene.
La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.
El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.
No sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser junto a ti todo lo que soy.
Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado.
Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano.
Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer mientras que no la ame.
" A las mujeres les gustan los hombres callados porque se creen que las están escuchando”.
"La clave de la eficacia es el orden"
"La Fama es vapor, la popularidad un accidente y el dinero tiene ...
"LO POSIBLE YA SE HIZO LO IMPOSIBLE ESTA EN TUS MANOS"
"MAS VALE TRIUNFAR HONRADAMENTE QUE DEBIDO A UN FRAUDE"
Al vencer sin obstáculos se triunfa sin gloria.
Caigo y me levanto con mas fuerza
Citadme diciendo que me han citado mal.
Cuando llegue la prosperidad no la uses toda
cuida lo que tienes y no te preocupes por lo que no tienes
De postre tenemos merengue (El negro quiere bailar)
Dios concede la victoria a la constancia
Hubo una vez en un lugar una época de muchísima sequía y hambre para los animales. Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que le entregó un saco con varias ramitas."Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes usarlas" El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando en darles buen uso.
Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar."Dame algo, por favor", le dijo. El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó como sus padres le enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la dió a la oveja. Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas.
Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dió a él.
En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde están las ramitas mágicas que te entregué? ¿qué es lo que has hecho con ellas? El conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije que si las usabas bien serían más mágicas?. ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho!
Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que a partir de sus ramitas, ¡¡todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja llena de agua y comida para todos los animales!!
Y el conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su generosidad hubiera devuelto la alegría a todos
Sopo era un gigante enorme, el más grande que haya habido nunca. Podía beberse un río hasta dejarlo seco, o tomar como ensalada todo un bosque. Y sin duda, su golosina preferida eran las nubes del cielo, frescas y esponjosas, de las que llegaba a comerse tantas que casi siempre acababa empachado, con tales dolores de barriga que terminaba por llorar, provocando entonces grandes riadas e inundaciones.
Sopo vivía tranquilo y a su aire, sin miedo de nada ni nadie, yendo y viniendo por donde quería. Pero a pesar de eso no era feliz: no tenía ni un sólo amigo. Y es que cada vez que el gigante visitaba un país, todo eran problemas: con las nubes que comía Sopo desaparecían las lluvias para los campos, y con sus empachos y sus llantos todo se inundaba, por no hablar de todos los bosques y granjas que llegaba a vaciar... En fin, que al verle todos huían aterrados, y nunca consiguió Sopo compartir un ratito con nadie.
Una noche, al verle llorar, varias estrellas se acercaron a preguntarle la razón de su tristeza. Al escuchar su historia, comentaron:
- Pobre gigante. No sabe buscar amigos. Pues la Tierra es el planeta más especial que existe, y está lleno de amigos de todas las clases.
- Pero, ¿dónde se pueden buscar amigos? ¿cómo se hace eso? - replicó el gigante.
- Echándoles una mano o haciendo cualquier cosa por ellos. Eso es lo que hacen los amigos, ¿es que no lo sabes? - repondieron divertidas
- Vaya- suspiró Sopo- pues no se me ocurre nada. ¿Vosotras qué hicisteis para conseguir amigos?
- Aprendimos a mostrar el camino en la noche y servimos de guía a muchos navegantes. Son unos amigos estupendos, que nos cuentan historias y nos hacen compañía cada noche.
Así., el gigante y las estrellas siguieron charlando un rato, y durante los días siguientes Sopo no pensó en otra cosa que no fuera en encontrar una forma de buscar amigos. Pero no veía el modo de conseguirlo. Algunos días después, fue a pedirle ayuda a la Luna. Ésta, vieja y sabia, le respondió:
- No sabrás cómo hacer algo por alguien hasta que le conozcas bien. ¿Qué sabes de esos que quieres que sean tus amigos?
Sopo se quedó pensativo, porque realmente apenas sabía nada de los hombres. Eran tan pequeños que nunca se había preocupado.
Entonces se propuso averiguarlo todo, y dedicó largos días a observar las diminutas vidas de la gente. Y así fue como descubrió por qué todos huían al verle, y se enteró de las sequías que provocaba con sus comilonas de nubes, y de las inundaciones que provocaban sus llantos, y de mil cosas más que le llenaron de pena y alegría.
Aquella noche, el gigante corrió a saludar a las estrellas.
- Ya sé cómo buscaré amigos.... ¡¡comiendo y llorando!!
Y así fue. Desde aquel día, Sopo vigilaba los cielos, y allí donde se preparaban enormes tormentas, se deba un buen atracón de nubes; y luego marchaba a llorar un rato allá donde veía que faltaba el agua. En muy poco tiempo, Sopo pasó de ser lo peor que le podia ocurrirle a un país, a convertirse en una bendición para todo el mundo, y ya nunca faltó un buen amigo que quisiera dedicarle un ratito, escucharle o hacerle un favor.